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ÁNGEL ZAPATA

Liberar lo ingobernable

“Mueran los cabrones y los campos del honor”, de Benjamin Péret1
 
  
Tratemos de evitar malentendidos: el texto del que me propongo hablar no es un cuento. Y no lo es, ante todo, porque su autor —el poeta surrealista Benjamin Péret— no habría admitido esas pintorescas demarcaciones entre géneros (narrativa, poesía, ensayo…) que sólo tienen sentido en el interior de la institución literaria, como no habría admitido —no admitió de hecho— la menor frontera entre el poema escrito y la conducta poética cotidiana: entre la poesía y la vida.

Quede claro, pues, que “Mueran los cabrones y los campos del honor” no es —ni pretendió ser nunca— un relato. Es, muy al contrario, un vibrante y hermoso acto poético que elige como materia el lenguaje; o —dicho de otra manera— una apertura sobre la dimensión de lo poético, una crecida del río indómito de lo poético, volcada esta vez sobre una inédita y altamente explosiva fruición de la palabra, tomada en su materialidad significante.

Quizá en esto resida, ya de entrada, el grado de violencia que el texto destila, su inusitado poder de trasgresión. Encontramos en él, en efecto, una escritura dispuesta a gozar del significante sin pasar por la aduana del sentido: un goce emplazado más acá del deseo, y que toma por objeto, precisamente, aquello que desde siempre le hace obstáculo. El resultado —como no podía ser de otro modo— es un lenguaje desencadenado en el que sólo a duras penas nos sería posible reconocer el campo del Otro, una palabra que ni se dirige al Otro ni aspira a conquistar un lugar en él: una escritura ejecutivamente utópica.

También por eso sólo de un modo orientativo hemos podido hablar de “trasgresión” a propósito del texto de Péret, puesto que no se trata aquí de un acto de escritura que confronte o que impugne la ley, sino más bien de un flujo de inscripciones exterior a ella, y que por eso mismo la desconoce y la ignora.

Lejos por igual de la demanda neurótica, matriz de todos los conformismos, y de la impostura perversa que erige su deseo en ley (discurso del Amo capitalista), la escritura de “Mueran los cabrones…” nos emplaza en un universo anedípico, perverso-polimorfo, donde el sentido no rige desde fuera el proceso de la producción deseante, donde el anclaje de la significación fálica ha sido objeto de una destitución.  

Dentro de él, cualquier significante puede transformarse en otro, conectarse con cualquier otro, acoplarse y desacoplarse indistintamente, puesto que todos ellos son ahora instancias, modos, de esa voz única, neutra (y en sí misma no-significante) en que se hace soluble el clamor del ser. Nos movemos, pues, en el horizonte del ser del goce, en el plano de consistencia inmanente al goce. Pero de un goce que ya no cabe asimilar —bajo la férula del dispositivo edípico— al goce de la madre, sino más bien al de las inscripciones por fuera del sentido que desde el principio atrapan al cuerpo: esa constelación de intensidades puras donde destella el (imposible) goce del ser. Péret o la declinación del paraíso. Péret o la tensión/fruición del paraíso, indistintamente perdido y recobrado en la(s) palabra(s) que lo nombra(n).

Por lo mismo, si algo en el texto recuerda aún los procedimientos de la narración clásica, esta pervivencia no tiene otro valor que el de un efecto, y un efecto netamente paródico. Se trata, con todo, de una parodia que trasciende la dimensión especular, imaginaria, puesto que “Mueran los cabrones…” no narra una farsa, sino que muestra irrevocablemente, a cada paso, la farsa implicada en el hecho mismo de narrar. De este modo, a la temporalidad ideal, finalista y causalmente motivada de la representación clásica, el texto le opone una experiencia pura del tiempo como novedad radical, como devenir rebelde que impugna todas las identidades, como acontecimiento. Péret recupera por esta vía el tiempo encantado, original, del “primitivo” y del niño, y pone a prueba otra manera de decir —“un decir menos tonto” (Lacan)— capaz de dejar en suspenso la mala dicción de todas las historias, la maldición de la Historia. Péret o la revolución como metáfora de la poesía. Péret, o la poesía como sinécdoque de la revolución.

Sobra añadir que el temple, la stimmung dominante en “Mueran los cabrones…” es el humor. Pero un humor, desde luego, en las antípodas de ese anestésico intragable que hoy difunden a todas horas los medios de cretinización de masas. El humor, en Péret, es ante todo un ejercicio peligroso, que confina con el delirio, el vaciamiento y el vértigo. No es nunca una pre-fabricación de gags, una búsqueda a ultranza de la risa; sino una operación, sutil pero extremadamente material a un tiempo, destinada a propiciar la caída del sentido —la caída del Otro de lo social—, a fin de permitir con ello, del lado del lector, el afloramiento del cuerpo vivo en la inminencia de una descarga. El humor de “Mueran los cabrones…”, en definitiva, es la estrategia privilegiada por la que la escritura busca abolirse, encarnarse, hacerse cuerpo, devenir cuerpo, liberar lo ingobernable.

Como es obvio, ninguna escritura puede aspirar al rango de fetiche en el interior de la aventura surrealista. Y si algo hallamos en Péret es justamente una escritura de la emancipación que transparenta en cada línea la emancipación de la escritura: el pulso irreprimible de la revuelta, la poesía inmediata, restallante, viva, que en el devenir de la sociedad utópica está llamada no a ser dicha, sino hecha por todos. Péret evitó muy a conciencia el reconocimiento de una sociedad que aspiraba fervientemente —militantemente— a destruir. Y esto hace que un texto como “Mueran los cabrones…” no pertenezca ni por lo más remoto a la historia de la literatura, sino al futuro de la revolución.
 
 
 
Ángel Zapata
 
 
 
 
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1 Benjamin Péret (1899-1959) es uno de los poetas mayores del surrealismo, y una de las figuras que con mayor fidelidad han encarnado el espíritu y las prácticas del movimiento. De espaldas al destino apacible del “hombre de letras”, Péret tomó parte en la revolución española de 1936, luchando en el frente de Aragón en el batallón Nestor Makhno de la División Durruti. Fue detenido por el gobierno francés en 1940 acusado de agitador internacionalista y antimilitarista, y liberado posteriormente ante el avance de las tropas alemanas. En 1942 se exilió en Méjico. A su regreso a Francia (en 1948) militó en distintas organizaciones del movimiento obrero revolucionario, y vivió modestamente como corrector de imprenta, hasta su muerte en 1959.

 

 

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